jueves, junio 28, 2007

VISITA AL INTERIOR DEL CERN, EN GINEBRA.


FOTOS DEL CERN EN GINEBRA.






ACERCA DEL CERN

El legado histórico.

En 1951, un cuerpo provisional se creó con el nombre de "Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire" (CERN). Esto era un consejo: un grupo de personas. En 1953 el Consejo decidió construir un laboratorio central cerca de Ginebra. En esa época, las investigaciones de física pura se concentraron en tratar de entender el interior del átomo, de ahí la palabra “nuclear”.

Tal y como se ratificó por los parlamentos de los estados miembro, la convención especifica que el laboratorio es nombrado oficialmente como la “Organisation européenne pour la recherche nucléaire" ó "European Organization for Nuclear Research".

Sin embargo, el nombre del Consejo lo capturó la organización y es por ello que nos referimos a el en la literatura simplemente como “CERN”. Esta es también la razón por la cual el error común de confundir la “C” de CERN como la primera letra de “Centro”, pero la “C” significa “Consejo”.

Muy pronto, el trabajo del laboratorio fue más allá del estudio del núcleo de los átomos o dentro de densidades de energía más y más elevado. Por lo mismo, desde un principio, hemos sido un instituto de Física de Alta Energía (High-Energy Physics), o un instituto "HEP". Debido a que esta actividad está principalmente abocada al estudio de las interacciones entre partículas, también se nos conoce como el “Laboratorio Europeo para la Física de las Partículas” y es este último título el que realmente describe el trabajo actual del laboratorio.

En suma.

Como alguien del exterior, pueden referirse hacia nosotros como “CERN, el Laboratorio Europeo para la Física de las Partículas”, pero para efectos legales siempre nos comunicaremos hacia ustedes como “organización Europea para la Investigación Nuclear”.

El personal de CERN debe utilizar el nombre oficial en todos los materiales publicados del CERN. Nota CERN sólo hace investigaciones científicas puras dentro de las leyes de la naturaleza. No estamos involucrados con armas.

La convención del CERN declara: La Organización proveerá para colaboración entre los Estados Europeos en investigación nuclear relacionada. La Organización no tendrá ninguna relación con trabajo para requerimientos militares y los resultados de sus experimentos y trabajo teórico será publicado o en otra forma puesto a disposición general.

¿Qué es LHC?


El Gran Colisionador Hadrón (LHC por sus siglas en inglés Large Hadron Collider) es el instrumento científico más grande del mundo. Es el proyecto del nuevo acelerador de partículas que está construyendo el CERN en su sede de Ginebra, Suiza. Cuando comience a funcionar en el año 2007, acelerará los rayos de protones a energías sin precedentes en un túnel circular de 27 kilómetros de largo.

Los dos rayos de partículas viajarán en direcciones opuestas alrededor de este circuito y en cuatro lugares distintos del anillo, sus pasos intersectarán y las partículas chocarán con las que vengan viajando en dirección contraria. En los puntos de intersección, los científicos están construyendo cuatro enormes detectores del tamaño de catedrales, para obtener los resultados de las colisiones.

La mayoría de los retos científicos de cómputo a los que se enfrentan los experimentos del LHC requerirán de enormes espacios de almacenamiento – el LHC generará 15 Petabytes (15 millones de Gigabytes) de datos por año Estos requisitos representan que la mayoría de los programas de análisis no podrán realizarse en PCs individuales. Es por ello que la CERN está llevando a cabo un programa de cómputo en red denominado “Grid computing”, el cual aspira a enlazar cientos de los mayores centros de cómputo en todo el mundo. Sin embargo, existen excepciones en donde la ayuda del público en general representa una ayuda para el LHC.


El departamento IT del CERN está interesado en evaluar el tipo de tecnología que se utiliza en SETI@home para su uso futuro. Se ha desarrollado un programa denominado SixTrack que realiza la simulación de partículas circulando por el LHC para estudiar la estabilidad de sus órbitas, el cual podrá utilizarse en un ordenador y que requiere muy poca capacidad de equipo para analizarlo. El programa SixTrack simula 60 partículas a la vez en su recorrido alrededor del anillo y realiza la simulación durante 100000 giros alrededor del circuito. Esto puede ser que nos parezca mucho pero es menos de 10 segundos en el mundo real.

Pero es suficiente para probar si el rayo permanecerá estable en órbita por más tiempo o si se arriesga a perder el control y salirse de curso en las paredes del tubo al vacío – un problema muy serio que significaría detener la máquina para realizar reparaciones si llegase a suceder en el experimento real. Repitiendo estos cálculos varios miles de veces, es posible realizar un mapa de las condiciones bajo las cuales el rayo permanecería estable. Un grupo de estudiantes bajo la dirección de Ben Segal se ha puesto a trabajar con David Anderson, el Director de SETI@home y BOINC, y han desarrollado una interfase para el SixTrack. Con motivo del 50 aniversario del CERN el día 29 de Septiembre del 2004, pondrán a prueba el programa en sus fases alfa y beta para el público en general. Por el momento el programa solo funciona en el entorno de Windows, pero ya están planeando extenderlo a otras plataformas. La versión alfa del salva pantallas presenta una sección cortada de las partículas del rayo que el programa simula.

Cada vez que se instala un nuevo magneto en el LHC, se realizan mediciones de sus propiedades. Si se desvían significativamente de sus valores previamente especificados, se lanza de inmediato al SixTrack para estudiar que impacto, si es que tiene alguno, podría tener dentro de las operaciones de la máquina en general. El hecho de poder tener los resultados lo más rápidamente posible es una gran ayuda para los ingenieros. Es por ello que la ayuda del público será muy valiosa.

¿Son útiles los aceleradores de partículas?


¿Os imaginais obtener productos de interés médico a partir de los residuos atómicos de larga duración que generan los reactores nucleares actuales? ¿Os imaginais que mientras ocurre este proceso se genere energía limpia? Bien, todo esto sería posible si el sueño del Amplificador de Energía de Carlo Rubbia se pudiese llevar a cabo.

¿Son útiles los aceleradores de partículas?
Qué puede depararnos el futuro

Los aceleradores de partículas son herramientas indispensables en la industria, medicina e investigación. En el futuro, podrían ser incluso más importantes, ya que los avances tecnológicos podrían abrir un nuevo abanico de posibilidades. En medicina, la utilización de haces de partículas está en constante crecimiento, tanto en terapias contra el cáncer como en la fabricación de radio-fármacos.

Más aún, los aceleradores podrían facilitarnos escalpelos láser de haces para cirugía de precisión. El láser ya es utilizado en cirugía para operaciones de eliminación de tejidos dañados que exigen alta precisión. La consecución de aceleradores que empleen láser de electrones libres (FELs), capaces de alcanzar precisiones de una fracción de milímetro, podrán aportar soluciones que prácticamente no dañarán los tejidos vecinos.

En materia de protección medioambiental, los aceleradores jugarán también un papel importante. Gracias a ellos podremos dividir los residuos nucleares de larga duración y transformarlos en material inocuo. La técnica, desarrollada en el laboratorio norteamericano de Los Álamos, fue bautizada como Acelerador de Transmutación de Residuos (en inglés ATW).

Cuando los haces de alta intensidad bombardean un objetivo, producen neutrones, los cuales se combinan luego con los residuos radiactivos haciendo que estos se dividan en elementos estables. Los aceleradores para el tratamiento de residuos nucleares requerirán grandes instalaciones, pero aceleradores más pequeños pueden ayudar también en el control medioambiental.

Mezclando los residuos tóxicos gaseosos que generan las factorías y las estaciones generadoras de energía con amonio, e irradiando la mezcla con haces de electrones, los gases venenosos (como los óxidos de nitrógeno y el dióxido de azufre) pueden transformarse en productos útiles, por ejemplo fertilizantes. Técnicas parecidas pueden emplearse para esterilizar las aguas residuales, de modo que también podamos utilizarlas como fertilizante.

Quizás el desarrollo reciente más significativo en cuanto a las aplicaciones de los aceleradores sea el de la generación de energía, donde en la actualidad se persigue activamente este fin desde tres enfoques distintos. Uno utiliza los haces de partículas para comprimir núcleos atómicos tan apretadamente que llegan a fusionarse a la vez, emitiendo energía. Otro método emplea un acelerador para producir muones, los cuales son inyectados en un tanque que contiene el combustible a fusionar.

Algunos de estos muones ocupan el lugar de los electrones en las órbitas atómicas, y como son 200 veces más pesados que estos, obligan a los núcleos a fusionarse. Hasta el momento, ambas técnicas consumen más energía de la que producen, pero cada vez se está más cerca de alcanzar el equilibrio. La idea más reciente, llamada Amplificador de Energía, fue inventada por el premio Nóbel Carlo Rubbia, que trabaja en el CERN. El Amplificador de Energía bombardeará su objetivo (consistente en combustible nuclear) con un haz de protones de alta intensidad, provocando fisión nuclear y la liberación de energía. Este método brinda dos grandes ventajas.

La primera, al contrario que en las centrales nucleares convencionales, es imposible que se de una reacción en cadena, ya que sin el acelerador la reacción se detiene. Segunda, ya que la técnica es similar a la ATW, los residuos generados por las centrales nucleares de hoy en día, podrían mezclarse con el combustible nuclear, para ir dividiéndolos en sustancias inocuas.

Amplificador de Energía

Una de las utilidades potenciales más prometedoras del empleo de aceleradores de partículas es la de producir energía limpia, segura y casi inagotable. El plan es combinar un acelerador de partículas con un reactor nuclear, y fue ideado por Carlo Rubbia, anterior director general del CERN. La idea básica es sencilla, y difiere de las centrales nucleares estándar en dos puntos.

El primero, el combustible del reactor sería torio en lugar de uranio. El torio es fácil de extraer y es tres veces más abundante que el uranio (prácticamente la mitad de abundante que el plomo). Segundo, se emplearía un acelerador de partículas para producir los neutrones que provocasen la fisión nuclear.

Esto aporta múltiples ventajas. La principal es que la reacción no es auto-sostenida, de modo que es imposible una pérdida de control, tal y como ocurrió en Chernobyl. Al contrario que los reactores convencionales de fisión, la máquina de Rubbia necesita energía para seguir trabajando. Pero la cantidad de energía producida sería varios órdenes superior a la suministrada (de ahí el nombre “Amplificador de Energía”).

La diferencia crucial entre el Amplificador de Energía y un reactor nuclear radica en la media de electrones producidos tras la ruptura de un núcleo. Los reactores nucleares convencionales usan un isótopo raro, el uranio-235, mezclado con un isótopo más común, el uranio-238. El primero de ellos se da en la naturaleza en un porcentaje del 1% sobre el total de uranio hallado, y es costoso de extraer. Cuando un átomo de uranio-235 absorbe un neutrón, se fisiona en elementos más ligeros, liberando energía y dos o tres neutrones. El uranio-238 se ve así mismo transformado en plutonio, lo cual ocasiona un serio problema de seguridad ya que este elemento es un residuo muy peligroso. Los neutrones liberados siguen provocando más fisiones, liberando más energía y más electrones; una reacción en cadena. Debido a que el número total de neutrones crece con cada fisión, es necesario “fregar” el reactor usando unas barras de control de grafito para moderar o detener la reacción. En el Amplificador de Energía, los átomos de torio absorben neutrones y se dividen liberando energía. También se producen neutrones, pero no los suficientes como para mantener activa la reacción. Si el suministro externo de neutrones se agota, la reacción simplemente se para. En 1993, Rubbia inició su colaboración en un proyecto encaminado a desarrollar su idea y comprobar su viabilidad. Al año siguiente, financiada con fondos de la Unión Europea, la investigación demostró que uno de sus cálculos fundamentales era correcto: la energía producida por fisión es aproximadamente 30 veces superior a la suministrada por el acelerador. En 1995, la investigación sobre el Amplificador de Energía se extendió al concepto de la incineración de residuos nucleares de larga duración. La idea es mezclar residuos de plutonio con el torio que sirve de combustible, de modo que mientras se efectúa la fisión, el residuo se divida en elementos inocuos. Los fundamentos de este trabajo, ideados originalmente en el laboratorio norteamericano de Los Álamos, fueron puestos a prueba en 1996 en el CERN, de nuevo con el apoyo económico de la Unión Europea. Los resultados fueron muy estimulantes y demostraron que no solo se podían fisionar los residuos, sino que además, varios de los subproductos originados en el proceso eran isótopos que tenían aplicaciones en medicina.

Nota del traductor: El Amplificador de Energía, es conocido también como Rubbiatron en honor a su ideólogo, Carlo Rubbia. Fuente información original: CERN

VISITA AL CERN EN GINEBRA.

VISITA AL INTERIOR DEL CERN.
Por Pablo Jauregui

Un 'Big Bang' a 100 metros bajo tierra.

El CERN está a punto de finalizar la construcción del mayor acelerador de partículas.
Se simulará el nacimiento del Universo para detectar componentes elementales.

Un túnel de 27 kilómetros alberga el superconductor (LHC) que transportará las partículas.

GINEBRA.- Simular el nacimiento del Universo no es una tarea sencilla.

Primero hay que excavar un túnel subterráneo a 100 metros de profundidad, en cuyo interior se debe construir un anillo metálico de 27 kilómetros, enfriado por imanes superconductores cuya función es mantener una temperatura muy fresquita, nada más y nada menos que de 271 grados bajo cero.

A continuación, hay que añadir a la receta dos puñados de protones, lanzados al vacío de este tubo subterráneo en direcciones opuestas, y a una velocidad inimaginable que prácticamente debe rozar la de la luz. Es entonces cuando las múltiples colisiones de partículas que se produzcan en el interior del anillo reproducirán las condiciones que existían inmediatamente después del Big Bang, ese descomunal estallido cósmico que dio el pistoletazo de salida a nuestro mundo.

Todo esto podría parecer sacado directamente de una película futurista inspirada en la última novela de Arthur C. Clarke, pero no estamos hablando de ciencia ficción. En el corazón de la cordillera del Jura, justo en la frontera entre Francia y Suiza, el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN), está ultimando la construcción del Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés), el acelerador de partículas más grande y potente del mundo.

Una vez que se instalen todos los componentes de esta faraónica instalación científica cuyo costo total supera los 40.000 millones de euros y ha tardado más de 15 años en construirse, unos 10.000 investigadores de 500 instituciones académicas y empresas esperan descubrir nuevas claves sobre la naturaleza de la materia y los ladrillos fundamentales de los que se compone el Universo.

Cuando el LHC entre en funcionamiento, previsiblemente en los primeros meses de 2008, las partículas que se inyecten en su interior colisionarán aproximadamente 600 millones de veces por segundo, desencadenando la mayor cantidad de energía jamás observada en las condiciones de un laboratorio. Para los impulsores del proyecto, se trata de una de las aventuras científicas más ambiciosas y apasionantes en toda la historia de la Física.

Desde luego, trabajo no les va a faltar a los investigadores de toda la comunidad científica internacional que se dedican a intentar desentrañar las partículas más elementales de la materia: se calcula que cada año, el LHC producirá tantos datos que se necesitaría una pila de CDs de una altura de 20 kilómetros para almacenar toda la información generada por sus experimentos.

En las entrañas subterráneas del Centro de Control del CERN.

"El trabajo que se lleva a cabo en el CERN constituye una contribución muy importante al conocimiento de la Humanidad para comprender el mundo que nos rodea", asegura Juan Casas, un ingeniero de nacionalidad española aunque nacido en Colombia y formado en Suiza que ha participado en el desarrollo del LHC e hizo de guía en la visita que realizó la semana pasada EL MUNDO a las entrañas subterráneas del CERN.


Son sobre todo dos inmensas preguntas, tan antiguas como la curiosidad del Homo Sapiens, las que inspiran el trabajo de los científicos y técnicos que trabajan en esta impresionante caverna: ¿De qué se compone la materia de nuestro Universo? Y, ¿cómo llegó a convertirse en lo que es?

Nuestro viaje al interior de este espectacular simulador del Big Bang se inicia en el lado francés de la frontera, donde se ubica el Centro de Control del CERN, una gran sala repleta de ordenadores con enormes pantallas (tres para cada operario), que recuerda un poco a la clásica imagen de los controladores de la NASA en Houston. De hecho, la complejidad de las instalaciones y los experimentos del CERN no es menos impresionante que la de una misión espacial.

Aquí es donde, una vez que se ponga en funcionamiento el LHC, los técnicos deberán asegurarse de que todas las condiciones necesarias para la buena marcha del experimento estén bajo control: por ejemplo, los sistemas criogénicos que deben mantener ese inimaginable frío de 271 grados bajo cero o los campos electromagnéticos que deben asegurar que la aceleración de los haces de partículas recorran los 27 kilómetros del anillo subterráneo a un 99,99% de la velocidad de la luz.

Si todo sale como previsto y se cumplen todas las expectativas de los científicos, se calcula que cada segundo, un protón dará 11.245 vueltas al anillo del LHC. Teniendo en cuenta que cada haz de estas partículas tendrá una duración de 10 horas, se estima que recorrerá un total de 10.000 millones de kilómetros (suficiente para llegar hasta Neptuno y volver).

Un coche viajando a 1.600 kilómetros por hora

Cuando la impresionante trayectoria de estos protones se compara con los objetos de nuestra vida cotidiana, los resultados que emergen son alucinantes: la energía requerida por el haz de protones al viajar por el acelerador es el equivalente a un coche viajando a 1.600 kilómetros por hora en el carril rápido de una autopista imposible. Otro ejemplo: la cantidad de energía almacenada en los imanes superconductores que mantendrán la temperatura a -271º sería suficiente para derretir 50 toneladas de cobre.

El LHC, según nos explican los técnicos en el Centro de Control, está dividido en ocho sectores de 3,3 kilómetros. De momento, sólo se ha logrado el enfriamiento de uno de estos sectores a la temperatura necesaria para llevar a cabo las colisiones que simularán las condiciones del Big Bang. "Aún queda bastante trabajo por delante", reconoce el doctor Casas, "pero esperamos que para finales de este año habremos alcanzado este objetivo en los ocho sectores del acelerador".

El Centro de Control del CERN es también donde se vigila durante las 24 horas del día la seguridad de todo el personal que trabaja en sus instalaciones. Al ser preguntado por el peor escenario imaginable, el doctor Casas responde: "Lo más grave sería una pérdida del vacío en el LHC que provocaría un escape de helio, con posible riesgo de asfixia". No obstante, Luigi Serio, el ingeniero italiano que coordina el Centro de Control le quita hierro al asunto, asegurándonos que "toda la instalación tiene sistemas automáticos de seguridad muy eficaces que neutralizarían el riesgo de cualquier incidencia".

El detector de partículas ATLAS

La siguiente parada de nuestro viaje en el tiempo hacia el renacimiento del Universo nos lleva a cruzar la frontera a Suiza para bajar ya a las entrañas de la caverna científica en uno de sus puntos clave: el detector de partículas ATLAS. En total, hay cuatro detectores de este tipo en el CERN los otros tres se conocen como ALICE, LHCb y CMS, pero el más grande y potente es el ATLAS. En su interior es imprescindible llevar en todo momento un casco de protección para evitar golpearse con la maraña de tuberías, alambres, grúas y cables que nos rodean por todas partes.

Al entrar en el espectacular nave del ATLAS, lo primero que choca es el ensordecedor ruido de los compresores, unos inmensos contenedores que contienen hasta 10.000 litros de helio líquido. "Lo que hacemos aquí es comprimir el helio para expandirlo y enfriarlo", explica el ingeniero holandés Herman Ten Kate, nuestro guía en esta parte de la visita. "Éste es uno de los procesos fundamentales que llevamos a cabo para lograr el frío que necesitamos para realizar con éxito los experimentos del LHC", asegura. Durante nuestro recorrido del ATLAS, que aún se encuentra en construcción, somos testigos de la impresionante odisea de ingeniería que supone la instalación de las inmensas piezas de este gigantesco mecano subterráneo.

De repente, nos quedamos anonadados al ver cómo una grúa inicia el traslado de una gigantesca estructura hexagonal que a lo largo de los próximos días se introducirá por una cavidad circular para descender 90 metros e instalarse en las tripas del detector. "A esa pieza ya la quedan pocos días para estar en su sitio", nos asegura Ken Tate sin inmutarse, evidentemente acostumbrado a ver este espectáculo todos los días. A continuación, llegamos al momento culminante de la visita: el ascensor en el que descendemos 90 metros a la estructura central del ATLAS, donde nos quedamos estupefactos ante los inmensos anillos metálicos en sus extremos, que ascienden a una altura de 25 metros.

El objetivo del ATLAS, como de los demás detectores, será identificar las partículas desconocidas que surjan de las colisiones de protones que se produzcan en el interior del anillo del LHC. Se trata de una aventura científica comparable a la de los locos pioneros que buscaban oro en el Oeste americano. "Hay que tener mucha paciencia para encontrar lo que buscamos", nos dice Ten Kate. "La realidad es que el 99,9% de lo que detectemos no nos va a servir para nada, pero al final esperamos comprender mucho mejor la naturaleza esencial de la materia".

Vista desde el CERRO EL ROBLE en la 5a. Región.

ENTREVISTA AL PREMIO NOBEL QUE HALLO EL "AGUJERO" DE OZONO.

Mario Molina:
'Ya existen las tecnologías para frenar el cambio climático'

Por Pablo Jauregui

'Es escandaloso que la Administración de Bush haya presionado a científicos para silenciar la amenaza del calentamiento'

Mario Molina nació con hambre de conocimiento. Cuando sólo era un niño en su Ciudad de México natal, la insaciable curiosidad que ya sentía por comprender la naturaleza de las cosas era tan grande que decidió convertir uno de los cuartos de baño de su casa en un improvisado laboratorio de química. Y desde que se quedó totalmente fascinado por la belleza de las amebas al observarlas a través de un microscopio de juguete, siempre tuvo clara su vocación científica.

Tras licenciarse en Ciencias Químicas por la Universidad Nacional Autónoma de México, inició una larga trayectoria internacional realizando estudios de postgrado en la Universidad de Friburgo (Alemania) y doctorándose en Física Química por la Universidad de Berkeley (California). Posteriormente se unió al equipo del profesor Sherwood Rowland en la Universidad de California en Irvine, con el que colaboró para lograr el crucial descubrimiento que les llevó a ambos a ganar el Premio Nóbel de Química en 1995: el deterioro que estaba sufriendo la capa de ozono –el escudo natural que nos protege de los rayos ultravioleta del Sol provocado por la acumulación de clorofluorocarbonos (CFC) procedentes de sistemas de refrigeración y otros procesos industriales.

Los trabajos pioneros de Molina sobre el agujero del ozono fueron la base científica sobre la que se estableció el Protocolo de Montreal, un tratado internacional firmado en 1987 que sirvió para reducir de forma eficaz la emisión de los CFC y frenar esta amenaza ambiental. Hoy, este sabio mexicano pretende lograr un éxito similar frente al cambio climático, convencido de que constituye un peligro gravísimo para el futuro de la Humanidad. La semana pasada visitó Valencia, donde formó parte del jurado de los Premios Jaime I, y firmó un manifiesto junto con otros 18 científicos galardonados con el Nóbel para reclamar una acción internacional eficaz contra el calentamiento global.

'Necesitamos un acuerdo internacional que eleve el coste de las emisiones contaminantes, para que los países paguen por su daño al medio ambiente'

PREGUNTA (P) . – Los últimos informes del panel de la ONU sobre el cambio climático son realmente alarmantes. ¿Es la situación tan dramática como la pintan?
RESPUESTA (R) . – El cambio climático es probablemente la amenaza más grave a la que se enfrenta la Humanidad en este siglo. Desde luego, es la amenaza ambiental más importante porque es un problema global, que forma parte de un proceso de agotamiento de recursos naturales y una acumulación de desechos de nuestras actividades. Se trata de un problema que ya tenemos encima, y un síntoma del potencial que tiene la Humanidad para modificar toda la superficie del planeta.


P. – Sin embargo, quizás a nivel popular el oscarizado documental de Al Gore, Una verdad incómoda, y no digamos ya productos cinematográficos hollywoodienses como El día de mañana, han presentado un panorama exageradamente apocalíptico, ¿no le parece?
R. – Bueno, hay que distinguir entre películas concebidas sólo para entretener a la gente, y un documental como el de Al Gore, que ha contado con el asesoramiento de la comunidad científica. Es cierto que en algunos puntos exagera, pero por lo general presenta una visión consensuada por los expertos. Mi propio punto de vista, y creo que también el de Al Gore, no es apocalíptico. Es decir, no estamos hablando de que la civilización vaya a acabarse o que el cambio climático arrase con nuestra especie de un día para otro.

Pero eso no quiere decir que los problemas a los que nos enfrentamos no sean muy serios. Las visiones apocalípticas pueden ser una excusa para no actuar, y no las comparto. Lo que necesitamos es tomar conciencia de que estamos ante un problema con consecuencias muy serias para buena parte de la Humanidad.

P. – ¿Considera, entonces, que estamos a tiempo de resolverlo?
R. – Sin duda, desde luego yo soy optimista al respecto. Ya poseemos las tecnologías que se requieren para afrontar el problema del cambio climático con éxito y reducir muy significativamente las emisiones de los gases contaminantes para impedir que el fenómeno se vuelva realmente peligroso.

'La energía nuclear sólo puede ser, como mucho, parte de la solución, porque primero habría que resolver sus problemas de seguridad y eficiencia'

P. – ¿Cuál sería la mejor receta para afrontar el problema?
R. – La receta tiene que combinar una serie de acciones que son plausibles y muchas de las cuales ya se están implementando, pero no a nivel global y con la fuerza que se requiere. En primer lugar, usar la energía de forma mucho más eficiente en todos los sectores, desde el transporte hasta la vivienda, la industria o la generación de electricidad, para reducir las emisiones de dióxido de carbono (CO2). Al mismo tiempo, hay que reducir la deforestación y trabajar en la reducción de otros gases como el metano, que provienen de la ganadería y el uso de fertilizantes.

Además, hay que fomentar el uso de energías renovables, como la solar y la eólica, que no usan carbón ni emiten CO2, y también desarrollar los biocombustibles como el etanol. Tampoco hay que olvidarse de una opción controvertida, como es la energía nuclear, que tiene sus inconvenientes, pero que con más investigaciones quizás podrían superarse. Y finalmente, yo también mencionaría la posibilidad de capturar el dióxido de carbono y depositarlo en pozos profundos para que no se emita a la atmósfera. Todas éstas son estrategias que ya existen, algunas más optimizadas que otras, pero que en cualquier caso nos pueden ayudar a mejorar mucho la situación en las próximas décadas.

P. – Algunos expertos, sin embargo, son mucho más radicales a la hora de apostar por una estrategia viable. Jim Lovelock, por ejemplo, está convencido de que las energías renovables no están suficientemente desarrolladas para resolver el problema, y que sólo la energía nuclear puede sustituir a los combustibles fósiles y salvar a la Humanidad del desastre.
R. – Conozco muy bien a Jim Lovelock, y somos amigos desde hace muchos años. De hecho, él desarrolló el instrumento que permite medir los CFC que deterioran la capa de ozono. Pero no comparto su postura sobre la energía nuclear porque si realmente quisiéramos generalizar su uso, tardaríamos muchísimos años en construir las centrales necesarias para reemplazar a los combustibles fósiles.

En este sentido, podría resultar una opción mucho menos práctica que la expansión de la energía solar o eólica. Por eso, para mí la energía nuclear, como mucho, sólo puede ser una parte de la solución, pero en vez de lanzarnos a construir nuevas centrales, el primer paso debería ser el desarrollo de una nueva tecnología nuclear más segura y eficaz.

P. – En todo caso, según Lovelock, el tiempo se agota y no nos queda mucho para transformar radicalmente nuestro modelo energético.
R. – Es cierto, pero el hecho es que ya tenemos algunas soluciones para mejorar la situación. El problema es que no se están implementando en todo el mundo. Por ejemplo, se siguen construyendo plantas de carbón muy ineficientes en Estados Unidos o en China, y eso no hace más que empeorar el problema. Pero ya están emergiendo tecnologías que empiezan a ser realmente competitivas, como el caso de la energía eólica en España, que ofrecen soluciones. La energía nuclear, sin embargo, sigue teniendo un precio nada competitivo por sus altísimos costes. Yo creo que lo fundamental es que haya un acuerdo internacional que eleve el coste de las emisiones de gases invernadero, sobre todo el dióxido de carbono. Tenemos antecedentes como el Protocolo de Montreal, que estipula que no se produzcan los CFC que dañan el ozono, y eso ha funcionado muy bien. Esto podría aplicarse de la misma manera al problema de las emisiones de los gases que provocan el cambio climático, de tal manera que los países tengan que asumir el coste del daño al medio ambiente en sus economías. De esta manera, las energías alternativas que hemos mencionado podrían abrirse camino y encontrar su lugar. Pero de momento es tan barato usar energía de combustibles fósiles que nadie deja de utilizarlas. Está claro que no podemos contar con acciones voluntarias, así que necesitamos la intervención de los gobiernos para lograr cambios.


'Es insostenible decir que siempre ha cambiado el clima. Hoy no existe ninguna causa natural que explique el cambio de las últimas décadas.'


P. – ¿Pero no cree, tal y como ha demostrado la última reunión del G8, que sobran las buenas palabras pero siguen faltando compromisos vinculantes para lograr reducir las emisiones?
R. – Sí, desde luego, el compromiso internacional que aún no tenemos es el establecimiento de un coste alto para las emisiones contaminantes. Sabemos que puede hacerse, y de hecho el Protocolo de Kyoto es un primer paso, pero sólo en los países que lo ratificaron. Esto tiene que suceder a nivel mundial y tiene que incorporar a los países en vías de desarrollo. Esto es vital porque países como China y la India no quieren aceptar que se eleve el coste de sus emisiones o que se imponga una limitación a su desarrollo económico.

Pero si un futuro acuerdo internacional implicara este aumento del coste, y si al mismo tiempo hubiera una transferencia de fondos de los países industrializados a los países en desarrollo, creo que sería posible que lo aceptaran todos los países del mundo. De nuevo, tenemos el precedente de lo que pasó con el Protocolo de Montreal en el caso de la capa de ozono, cuando los países como China no tenían ninguna necesidad de firmar ese tratado porque ellos no habían contaminado la atmósfera, pero lo aceptaron y los firmaron no sólo para proteger el planeta, sino porque iban a contar con ayudas económicas para obtener refrigeración y aire acondicionado. Por lo tanto, sí es posible lograr un acuerdo internacional eficaz.

P. – ¿No le parece que el gran obstáculo sigue siendo la actitud del Gobierno de EEUU, que se resiste a asumir obligaciones en este terreno?
R. – Sin duda, pero siendo optimista, yo creo que estamos observando cambios muy grandes en la sociedad estadounidense. La intransigente postura inicial de Bush, cuando ni siquiera reconocía la existencia del problema, ya ha cambiado. Ahora ya aceptan el problema y quieren participar de alguna manera en los acuerdos internacionales. Pero lo que es aún más importante es que muchos sectores de la sociedad estadounidense ya están asumiendo compromisos por su cuenta, como California y muchos estados y ciudades del noreste, que han establecido programas propios de respuesta al cambio climático, con restricciones voluntarias a las emisiones. Además, hay iniciativas legislativas para intentar introducir leyes en el Senado por líderes que quieren implementar acciones.

Lo más probable es que el próximo presidente sea un demócrata que responda al llamamiento de la población para que EEUU vuelva a liderar el proceso de impulsar un acuerdo internacional en el que participen países en vías de desarrollo, como la India, China, Brasil y México y asuman compromisos en este terreno.

P. – ¿Confía, entonces, en que los políticos finalmente escuchen a los científicos?
R. – Sí, porque además en EEUU ya no son sólo los científicos los que están haciendo un llamamiento muy fuerte al cambio, sino que buena parte de la población lo está haciendo. Incluso la Corte Suprema acaba de aprobar que el CO2 se considere un contaminante, gracias a la presión de un grupo de científicos en el que yo participé, y un grupo de abogados de organizaciones ambientales. Todo esto se está incorporando en el sistema legal americano, y por lo tanto sería muy sorprendente que con un nuevo presidente, EEUU no asumiera un nuevo liderazgo en este terreno y lograra que países como China y la India se unieran a un nuevo compromiso internacional.


P.- Algunas voces escépticas siguen defendiendo hoy que el calentamiento global no se debe a las acciones del ser humano, sino a ciclos meteorológicos naturales. ¿Qué le parece esta postura?
R.- Creo que sencillamente no se sostiene. El último informe del panel de expertos de la ONU es muy claro. Este estudio, en el que yo he participado, no nos da la certeza de que todos los cambios sean de origen humano, pero nos demuestra que en más del 90% de los casos, las emisiones contaminantes son la causa del aumento de la temperatura. No tiene ninguna validez decir que siempre ha cambiado el clima, y que el calentamiento actual no es más que un cambio natural más, porque hoy conocemos las causas fundamentales de los cambios importantes del clima en el pasado, como la inclinación de la órbita terrestre. Pero hoy no existe ninguna causa natural que explique el cambio repentino de las últimas décadas.


P. – Algunos científicos de EEUU han llegado a denunciar que la Casa Blanca les presionó para que silenciaran sus investigaciones sobre el cambio climático. ¿Tiene usted conocimiento de estas presiones?
R. – Sin duda, en Estados Unidos se ha demostrado que ha existido presión de la Administración del presidente Bush, porque durante muchos años su política fue negar el problema y tenían como asesores de la Presidencia a representantes de los departamentos de relaciones públicas de las industrias petroleras. Eso fue escandaloso, pero salió a la luz, y fue un esfuerzo concertado para eliminar del lenguaje de los informes científicos vinculados al Gobierno cualquier referencia a la amenaza del cambio climático. Esto fue un caso claro de presión política sobre la investigación científica, y sólo dejó de hacerse porque se denunció públicamente.


P. – ¿En qué estado se encuentra hoy el agujero en la capa de ozono?
R. – Está en relativamente buen estado. No es un problema totalmente resuelto porque todavía tenemos que preocuparnos de una serie de compuestos industriales que siguen afectando a la capa, pero básicamente el problema está controlado. Tenemos que asegurarnos de que estos compuestos ya no se produzcan o se eliminen, tal y como lo establece el Protocolo de Montreal. Sabemos que ese acuerdo está funcionando porque podemos medir en la atmósfera que los gases que deterioraron el ozono ya están disminuyendo, aunque de forma muy lenta, porque muchos de ellos permanecerán durante décadas, e incluso más de un siglo.